El dueño de las preguntas

Justino salía del elevador absorto en sus pensamientos, con la mente consumida por un problema operativo que lo tenía contra las cuerdas. Ni siquiera vio al hombre que entraba. Solo sintió el golpe y la sacudida del encuentro.

—¡Disculpe, señor! —dijo, tratando de recuperar la compostura.

El hombre, de cabello canoso, lentes de pasta gruesa y traje perfectamente planchado, se acomodó con serenidad.

—Mi joven amigo —respondió con una sonrisa tranquila—. Te veo preocupado. Te mando un mensaje y lo hablamos luego, voy a una reunión con el CEO del banco.

El elevador emitió un pitido impaciente. Los demás pasajeros fruncían el ceño por la interrupción. Las puertas se cerraron


Horas después, en una sala pequeña con luces cálidas y café recién servido, Justino por fin se sentó frente a El Viejo Consultor.

—¿Qué te preocupa tanto, joven amigo? —preguntó con tono afable.

—Tenemos un problema operativo serio —respondió Justino, tensando la mandíbula—. No hemos encontrado una solución. Y no veo cómo resolverlo.

—¿Y tú eres el responsable de encontrar esa solución? —preguntó El Viejo Consultor, enfatizando las palabras responsable y encontrar.

Justino frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que hablas como si fueras el único ser pensante del equipo. Como si tuvieras que cargar con todo tú solo. Como si la responsabilidad fuera sinónimo de tener todas las respuestas.

Justino asintió en silencio. El peso de sus propias expectativas le doblaba los hombros.

Entonces El Viejo Consultor le lanzó una frase que le rebotó en el pecho como un eco sordo:

“Tu trabajo no es tener todas las respuestas. Tu trabajo es tener muchas preguntas.”

El silencio fue largo. Incómodo. Pero fértil.

—Y si no tengo las respuestas… —se atrevió a decir Justino, casi en un susurro— ¿qué valor aporto?

—Enseñar a pensar distinto. Eso es liderazgo. Eso es aportar. Y eso se hace preguntando, no respondiendo todo tú solo.

El Viejo Consultor se recargó en la silla y, como quien lanza un reto, dijo:

—No me creas. Haz algo. Ve y hazle ocho preguntas a tu equipo. Solo preguntas. Llama a la hora que sea y cuéntame qué pasa. Total… ya no tienes la solución ahora, ¿no?

Se estrecharon las manos. Y cada uno tomó su rumbo.


Esa misma noche, mientras cenaba con su esposa, el teléfono del Viejo Consultor sonó. Extrañado por la hora —casi once de la noche— contestó con curiosidad.

—Justino, ¡qué gusto! ¿En qué te ayudo, amigo?

—¿Ya se te olvidó?

—¿Olvidar qué?

—Lo de las preguntas. Lo hice.

—Ah, claro… —respondió con una sonrisa, como si hubiese estado esperando esa llamada sin saberlo—. ¿Y qué pasó?

—Funcionó. Les pregunté, los escuché, y… encontraron la solución. Rápido. Me agradecieron. Me dijeron que los ayudé mucho.

—Amigo mío —dijo El Viejo Consultor con voz tranquila—, el poder de las preguntas es inmenso. Dan la ilusión de que uno tiene las respuestas, cuando en realidad lo que haces es liberar las respuestas de otros.

Y antes de colgar, le dejó una última frase que Justino anotó en su libreta negra, esa que siempre llevaba consigo desde que se la regaló:

“Eres dueño de las preguntas, no de las respuestas.”

Colgaron en silencio. Pero esa noche, Justino durmió tranquilo.

Ya no por haber resuelto un problema, sino porque había aprendido algo que iba a cambiar la forma en que lideraría de ahora en adelante