Mi primer día de trabajo

Recuerdo mi primer día en el banco como si hubiera sido ayer. Luis, mi amigo y mentor, me presentó a la persona que me iba a capacitar: una verdadera maestra del oficio.

Me dijo que cada tres meses debíamos preparar tres reportes llamados benchmark.

Eran análisis de cuentas, créditos y algunos indicadores clave.

Y entonces comenzó el espectáculo.

Sacó una consulta de la base de datos, la pasó a Excel, activó una macro que acomodó toda la información, abrió una presentación y, como si de un pincel se tratara, empezó a copiar y pegar montos y detalles.

Todo con una precisión quirúrgica, haciendo que un proceso que podría tardar horas se resolviera en menos de 15 minutos.

Yo estaba maravillado. Quería aprender cada movimiento, cada truco. Me armé de valor y le pregunté:

—Si me toca hacer esto, ¿cuánto tiempo llevas practicándolo?

—Seis años —respondió, con una sonrisa tranquila.

—¿Y quién lee estos reportes?

—No tengo idea… nunca he preguntado —dijo. 🙃

En ese momento entendí algo fundamental: no se trata solo de dominar la técnica, sino de entender para qué existe. La eficiencia sin propósito es solo un truco de magia.

“No se trata de hacer el trabajo más rápido… se trata de hacer el trabajo que importa.”