¿A quién escuchas? 2 de 2

Estaba rojo como la grana, apenado conteniendo la respiración, los ojos muy abiertos, mirando a la persona que se sacudía el café de la camisa blanca, esperando una reacción violenta

Una mirada se le clavó en los ojos, no era desafiante, no era cordial, era una mirada extraña, frente a él, un hombre de mediana edad, con el cabello entrecano le miraba, bien vestido, sin gestos, no decía palabra alguna, solo le miraba

– ¿Está usted bien? – quiso saber por cortesía, seguía inmóvil

¡Un ejecutivo que no sabe que hacer, es un espectáculo digno de ver!

La mirada cambió, inclinó un poco la cabeza el hombre y con una mueca sin llegar a sonrisa, le dijo:

– ¿Usted, es quién no se ve bien?, el café estaba frío no se preocupe, la camisa se lava, tampoco lo tenga en cuenta

El CEO se quedó petrificado, tragó saliva, no sabía que decir, era como si esa personalidad fuera imponente, aunque no sabría decir la razón, buscó la manera de regresar el control a sus manos, tal era su condición natural, luego de un par de bocanadas de aire, lo consiguió

– Le ofrezco una disculpa, por mi torpeza, señor

– Me puede decir El Viejo Consultor

– ¿Disculpe?

– Es una manera de llamarme, mis amigos y clientes me llaman así, le aseguro que se acostumbrará

El CEO hizo una mueca a modo de sonrisa, impaciente

– Bien, El Viejo Consultor, ¿Está bien, cierto?

– Claro, pero si quiere que acepte sus disculpas, me debe un café y diez minutos de su tiempo, creo que es justo

– El café se lo invito, el tiempo en cambio, no tengo, lo siento – buscó en su cartera dinero para el café, cuándo alzó la vista el viejo ya no estaba, buscó y estaba formado en la fila, para pedir su café, le alcanzó

– Diez minutos – dijo al verlo llegar – es lo que pido, señor, mire mi camisa, creo que es justo ¿No cree?

El CEO, apretó los dientes, muy molesto, llamó a su asistente para cancelar la junta, no espero su respuesta, solo dijo, cancela la junta que tengo a las diez de la mañana y colgó, estaba acostumbrado a mandar, no a que lo mandaran

– Tiene ocho minutos

– Me sirven, gracias

Pasaron casi dos horas, los dos hombres seguían hablando, el CEO estaba feliz, el encontrar ese viejo fue la mejor cosa que le pasó ese día, el malestar que tenía se había esfumado, como si nunca hubiera existido, se prometió que terminando de hablar con El Viejo Consultor, buscaría su esposa, estaba radiante

– Es un lujo conocerle, El Viejo Consultor – ahora el sobrenombre lo mencionaba con cariño

– El gusto es mío, Sr. CEO

– Disculpe, me pidió diez minutos, le ofrecí ocho y llevamos, por Dios, poco más de dos horas hablando, seguro tiene cosas que hacer, le estoy interrumpiendo

“Si no eres dueño de tu tiempo, las decisiones vendrán sin tomarlas”

El CEO suspiró, sin pedir permiso, tomó nota de la frase, la confianza generada, le hizo contarle su sentimiento, el interlocutor ni pestañeaba, en completo silencio, concentrado en la catarsis del ejecutivo, para dar por concluido su relato para el extraño, dijo:

– Gracias por escucharme, es lo único que necesitaba

El Viejo Consultor, se puso de pie, le extendió su tarjeta de presentación y dijo despidiéndose

“Lo que importa es a quién escuchas”

Se regresó, para añadir

A quién escuchas, dicta tu actuar.

– Por favor, cuándo quieras llama y vamos por otro café, Sr. CEO